4 may 2011

Así vibro

Amo las notas: me fa-sci-nan!
de preferencia ordenadas,
de disciplina marcial,
exactas: la energía precisa en el punto preciso.
Con sensación a ropa limpia, recién secada por el sol,
recién puesta en un cuerpo recién bañado,
en una pieza ya nada más perfectamente recién aseada.
Notas largas,
elegantes y sofisticadas,
de exagerado cuidado en la pulcritud.
Amo cuando suenan afinadas,
cuando
se
deslizan
por
el
tiempo
y
el
espacio,
sin
sobre-
saltos,
sin imperfecciones:
como cama recién hecha por la abuela.
O cuando se dejan caer, como gotas
de una lluvia sin plazos…
así: softly…
O como cuando se hermanan y se son
cimientos las unas a las otras
y entonces con la fuerza del conjunto
se toman por asalto cada poro de la piel
cada hebra de la materia
y se abren paso con la buena nueva
por los nanorecovecos de cada célula
polarizándolas,
y llegan a la pineal
y llegan al corazón,
hechas leños
que alimentan un fuego
soplado desde un muy lejos muy querido
y muy, muy íntimo:
el fuego sacro,
primigenio y primordial.

A su vez, confieso una lasciva atracción
por el ruido:
el reconocimiento sincero y visceral
de los deseos groseros,
la violación,
el morbo sadomasoca,
las manchas,
la ira, el desenfado magistral,
la orgía divina:
ese fluido azul
que abriéndose paso a través
de la guitarra
llega a ser (violentamente)
vomitado,
hiriendo los oídos,
perforando el himen:
rasgando el cielo.

Así vibro
cuando mis cuerdas afino
y me hago el amor a mí mismo
(y qué tanto!?)
y entonces
desde las propias entrañas
de mi tierra estomacal
exploto en un orgasmo
que no es otra cosa
que un grito susurrado
que apenas logro adivinar
desde Lo Profundo:
la Vida misma.

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